Vamos mar adentro y lancen las redes

¡Vamos mar adentro y lancen las redes!

Que aventura!…..agua, pesca, hombres, cansancio, noche,  no se sabía qué pasaría, una aventura que quería el Señor tener para hacer entrar a sus amigos pescadores en la dinámica del apóstol y de la confianza en Dios, una aventura que transformaría unos simples pescadores en apóstoles de Cristo. Y esta aventura comenzaba con la experiencia de perder el piso, de dejar tierra firme para lanzarse a la inseguridad, al azul profundo, a la noche. El querer conservar la seguridad, seguir poniendo el pie en tierra firme, era un impedimento para convertirse en un apóstol del Señor. Sin lanzarse mar adentro ellos permanecerían simplemente en lo que eran: trabajadores honestos y buenos, que conservaba su propia identidad, y el conservador es precisamente aquel que no es amigo de ninguna aventura, de ningún cambio, y menos en la noche de la vida.

La aventura a la que invitaba Jesús iba más allá. No solo tenían que dejar su posición segura en tierra sino que tendrían que realizar una actividad en alta mar que por experiencia sabían que no funcionaba. Ellos habían estado pescando toda la noche sin ningún resultado. Y ahora el Señor Jesús les invita a que lo vuelvan a hacer.

El Maestro de Nazaret sometía a sus amigos, futuros apóstoles, a la prueba del riesgo, de la confianza en su palabra. Podrían pasar a ser pescadores de hombres si eran abiertos a la providencia, si confiaban en la acción sobrenatural. En aquella oportunidad, todo indicaba que no convenía seguir adelante: el tiempo era malo, se había trabajado durante horas sin ningún resultado, la fatiga y el deseo de concluir apremiaba a los discípulos. Sin embargo, viene Jesús y les exhorta a continuar trabajando. No les daba ningún argumento ni razón para hacerlo, ni se comprometía a hacer una cosa extraordinaria. Solo les dirigía una palabra simple: “Echen las redes”.

Los discípulos sentirían una lucha interna. Algunos se sentirían inclinados a obedecer, pero otros no. Sin embargo, la fuerza de obedecer fue ganando. Había que actuar. ¿Por qué? ¿Por amistad con Jesús? ¿Por temor?  Ciertamente, aquí descubrimos el carisma tan particular del Maestro. Su sola palabra hacía que los temores desaparezcan y que los discípulos se lancen a la acción. Y ocurrió el milagro. Cientos de peces colmaron las redes de los discípulos fatigados y decepcionados. Pero este no fue el único milagro. El milagro más grande fue que esos pescadores se habían convertido en pescadores de hombres, estaban listos ahora para empezar su carrera de apóstoles de Cristo.

 

Y esta es, estimados amigos, la prueba a la que tienen que someterse todos aquellos que deseen convertirse en apóstoles del Señor. Estar convencidos que la palabra que sale de los labios del maestro es más poderosa que todas las opiniones contrarias. Pero para eso, se requiere tener algo muy importante y sin lo cual es imposible pasar la prueba. Es necesario tener una relación de amistad con Jesús, de confianza en Él, estar enamorado de Él. Actuar por obligación, sin libertad, o por miedo no es la actitud que desea Jesús ver en el apóstol. Él bien claro dijo, yo no les llamo siervos sino amigos. Y precisamente, porque somos amigos nos sentimos movidos a llevar adelante y realizar su plan, su proyecto de salvación.

Pero, ¿cómo saber cuál es su proyecto y la parte que nosotros tenemos que jugar en él? No cabe duda, estimados amigos, que si se lo preguntamos al Señor día a día en la oración, Él nos hará ver hasta los pequeños detalles de su voluntad. Jesús hoy nos sigue repitiendo “echa las redes”. Si nosotros estamos atentos en la meditación, podremos llegar a comprender cuáles son las redes que debemos echar, cuál es su voluntad, su proyecto, su plan de acción.

 

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Cuánto amor pones en lo que haces

Hoy en la segunda lectura hemos proclamado el que se considera uno de los himnos al amor más bonito y profundo que se haya escrito nunca.

Dos ideas de este himno:

En la primera parte dice San Pablo: “Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles… ya podría tener el don de profecía… podría tener fe como para mover montañas…  o podría repartir en limosnas todo lo que tengo… si no tengo amor…  de nada me sirve”·. Se puede decir más fuerte, pero no más claro. Lo que es importante no es lo que hacemos… sino el amor que ponemos en aquello que hacemos.

Decía la Madre Teresa de Calcuta: “No estoy completamente segura de cómo será el cielo, pero sí sé que cuando muramos y llegue la hora de que Dios nos juzgue, él NO preguntará, ¿Cuántas cosas buenas has hecho en tu vida?, más bien preguntará, ¿Cuánto AMOR pusiste en lo que hiciste?”. “En esta vida no podemos hacer grandes cosas. Sólo podemos hacer pequeñas cosas con un gran cariño.”

Todos sabemos que Jesús es Salvador, pero Jesús no sólo nos salva con la pasión, muerte y resurrección, allí culmina su salvación, pero toda su vida es una vida salvadora. Con sus 30 años de vida oculta también nos está salvando dando sentido a las cosas pequeñas de cada día.

Estos dos ejemplos dejan muy clara que nuestra santificación pasa por santificarnos en las cosas ordinarias de cada día, que quiere decir poner mucho amor en lo que hemos de hacer.

Nos hace falta revisar constantemente cuánto amor ponemos en lo que hacemos. Nuestra vida hace falta que sea una vida que de gloria a Dios, y lo que da gloria a Dios no es lo que hacemos, sino el amor que ponemos en lo que hacemos.

A los ojos de Dios, tan importante puede ser un basurero como un médico muy famoso… y siendo los dos cristianos puede dar más gloria a Dios el basurero que el médico, si pone más amor en lo que hace.

La gente mayor, quizá no puedan hacer muchas cosas, las energías ya no os acompañan demasiado, pero sí que las puedas hacer con mucho amor. Y esto es lo importante: para que se santifiquen y santifiquen aquello que hacen, esparciendo así la salvación…

La segunda idea  que San Pablo al  hablar del amor en ningún momento habló ni de sentimientos, ni de emociones, ni de enamoramientos. Hoy en día se vive un culto a la emoción (hace un tiempo un chico en la universidad me decía: “cambio de carrera porqué ya no me emociona”), vivimos cultural y socialmente un culto al sentimentalismo y esto nos puede llevar a errores graves: por ejemplo:

“Yo no voy a misa porqué no siento nada”: He escuchado un montón de veces esta frase. Una cosa son los sentimientos y otra es fe. Y en un acto de fe, a veces  intervendrán los sentimientos y a veces no. (Más bien no). Pero hace falta distinguir fe y sentimientos.

“Yo no rezo porqué me parece que hablo con la pared, no siento nada”. La oración es un acto de fe, en la plegaria vamos para encontrarnos con Cristo, no para emocionarnos. Y siempre que recemos, Jesús nos sale al encuentro, aunque no sintamos y no nos emocionemos nada.

La eucaristía podríamos decir que no actúa a corto plazo, de forma inmediata, sino que poco a poco, si la vivimos bien, va modelando nuestro corazón a imagen del de Jesucristo.

Desde hoy si aún no lo has hecho, comienza a hacer no cosas grandes sino cosas hechas con mucho amor.

 

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“El Espíritu del Señor está sobre mí”

El sábado, como de costumbre, Jesús fue a la sinagoga de su pueblo.

Salió a hacer la lectura y leyó un texto de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”.

Jesús asume el texto de Isaías como programa de su misión y dice:

“Hoy, en vuestra presencia, se ha cumplido este pasaje”.

Esto creó escandalo para aquellos judíos, y muchas veces crea escandalo para los que vivimos en esta época olvidando que la palabra de Dios viene para liberar a los oprimidos, para darnos libertad y darnos a conocer la misericordia de Dios.

En un mundo de injusticias, Dios no puede ser neutral, estará siempre al lado de los necesitados para hacerles justicia.  Por eso la llegada de Jesús es Buena Nueva para ellos. También nosotros, la Iglesia, somos buena noticia para los pobres.

El programa es anuncio de libertad a los cautivos. Es ruptura de cadenas que aprisionan y esclavizan, que tiranizan a las personas.

Jesús trae luz, ilumina la ceguera y oscuridad del hombre que necesita luz en medio de tantas cosas que encandilan su vida, pero que dejan el corazón a oscuras.  ¿Alumbramos nosotros nuestra vida en Jesús?

¿Ponemos su luz en el candelero para que alumbre a todos, o la tenemos escondida? Con el no viene el Dios Justiciero. Jesús omitió del texto de Isaías la alusión al “día del desquite –de nuestro Dios”. Con Él llega el Dios del amor y la misericordia. ¿Esa es la idea que tenemos nosotros de Dios o seguimos en el Dios del desquite? Así resumió Jesús su programa. En la Iglesia no tenemos otro. ¡Asumirlo no es consecuencia de una opción ético-ideológica, hombre! sino exigencia del Espíritu que, igual que a Jesús, nos sigue ungiendo para anunciar la Buena Noticia a los pobres.

Si tu espíritu siempre es de buscar la justicia y no el amor, nunca encontraras una respuesta clara a las situaciones que se te parezcan

injustas.   Dios es un Dios de justicia pero también de amor.   El

quiere que todos los hombres encuentren la libertad, no solo el pobre que carece de vienes sino al pobre de espíritu.  También para dar luz a aquellos que están esclavos y ciegos inmersos en sus propios planes

y no los planes de Dios, para ellos también ha venido.   El es el

ungido y ha sido escogido para salvar al hombre.  Pero también todo bautizado a recibido una unción para poder vivir la jornada de la vida por el camino que Dios nos va trazando y ahí es que esta la verdadera libertad del hombre, cuando anhela vivir la vida según los designios de Dios aun sabiendo que por nuestra fuerzas no podemos, pero confiamos en que el nos llevará de la mano.

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Hagan todo lo que él les diga”

Hagan todo lo que él les diga”   A leer relatos como

este, nos quedamos admirados de lo poco que creemos en la Palabra de Dios. Jesús nos dice: “pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” (Lc 11, 9). La invitación del Señor es clara, hay que orar para que Dios nos escuche.

Hoy se nos revela un gran milagro de Jesús. El primer milagro, o “signo”, nos dice san Juan. Y todo esto nace de la capacidad de observación que tiene su madre. María, “como faltaba vino” nos dice San Juan, le dice a su

hijo: “No tienen vino”. ¡Nada más! No hizo falta un gran discurso teológico de María sobre el poder sobrenatural de Jesús. ¡Sólo con

decir: “No tienen vino”, basta y sobra! Es que en este asunto de la oración no importan las palabras sino la actitud que tengamos.

María es consciente de que tiene a su hijo delante de ella. No es cualquier hijo, es el Hijo de Dios que ha sido engendrado en ella para la salvación de todos. Pero María se dirige a Él con palabras confiadas. Con palabras tan simples y sencillas como la misma

realidad: no tienen vino. “A buen entendedor, pocas palabras”; nos dice el popular refrán. Dios entiende bien lo que necesitamos. No le hacen falta a Dios oraciones bonitas, ni muy extensas, ni tan inteligente. Eso es lo bueno de Dios para con nosotros, está ahí atento a nuestras necesidades. Esperando que de nuestros labios salgan las sinceras palabras que digan aquello que, sencillamente, necesitamos.  Un hijo no necesita grandes discursos delante de sus padres para que estos le ayuden. Un hijo no necesita complicados rituales para que su Padre lo escuche en sus necesidades. Lo único que necesita un hijo es confiar en que tiene delante a un Padre atento que con sólo escuchar su necesidad lo va a ayudar. Lo que nos hace falta es FE y no grandes oraciones.

La respuesta de Jesús es desilusionante: “Mi hora no ha llegado todavía”. Muchos de nosotros hemos experimentado en algún momento de nuestra vida el silencio de Dios. ¿Por qué Dios no me escucha?  Es una pregunta que refleja esta situación. Los tiempos de Dios no son los tiempos de los hombres, decimos. Y la Biblia no muestra que no es verdad. A las palabras de Jesús, María hace como si no escuchara esa respuesta de que todavía no habría milagros. Muchos ante una situación semejante prefieren buscar alguien que ore por ellos, o cambiar de religión, o cambiar de oraciones, o alguna respuesta mágica. Cuando la puerta del cielo parece estar cerrada, cuando el silencio de Dios es el que nos contesta, la actitud correcta no es cualquiera de las anteriores. La actitud correcta es responder con FE. María confió en Dios, confió en su Hijo. Ella sabía la respuesta aparente, pero perseveró en su actitud confiada, llena de FE, y el milagro se produjo. Cuando María le dice a los sirvientes: “Hagan todo lo que él les diga”, está mostrando que su FE es grande como una casa, es FE fuerte como un roble. Esta mujer no duda, no tiembla, es segura y confiada en lo que pide. POCAS PALABRAS, MUCHA FE. Parece ser la relación correcta para conseguir lo que necesitamos para la vida de todos los días. Dios no es sordo, sólo hay que saber pedir. La sabiduría de los orantes no está en las palabras que se escogen o en la duración de la oración ni en la intensidad emocional con que se la

haga: la verdadera sabiduría de los orantes está en la ACTITUD, está en la FE.

 

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Este es mi Hijo el amado, el predilecto!

El texto de Isaías es el primer cántico del Siervo de Yahvé, un anuncio profético del Mesías: «Mirad a mi Siervo, a quien prefiero».

Los Hechos de los Apóstoles testifican que Jesús fue «el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo».

El bautismo de Jesucristo manifiesta la relación íntima de Jesucristo con el Padre y con el Espíritu Santo: «Se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres

mi Hijo el amado, el predilecto».

Jesucristo, siendo Hijo, pasa por el Bautismo para que los que éramos «hijos de ira» (Ef 2,3) llegásemos a ser hijos de Dios. Él, que no tenía pecado, se hizo solidario con los pecadores para quitar el pecado del mundo. Gracias a Cristo se han abierto para nosotros los cielos, cerrados desde que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso.

Mediante Él, entramos los hombres en comunión íntima con la Trinidad.

Gracias a Cristo somos «miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). No deberíamos olvidar nunca la gratitud ni apartar de nuestro corazón el gozo ante esta realidad: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn

3,1).   Hemos sido bautizados «con Espíritu Santo y fuego». El

Espíritu es fuego que, derramado en nuestros corazones por el bautismo, nos incendia en el amor a Cristo y a los hombres. No hemos recibido un Espíritu cobarde, sino un «Espíritu de energía» (2 Tim

1,7) que nos impulsa sin cesar, como a Cristo; pues también nosotros hemos sido «ungidos con la fuerza del Espíritu» para pasar «haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo».

Los bautizados somos «Hijos de Dios, santos, y amados», y, en cuanto tales, hemos de empeñarnos en hacer un mundo nuevo, fraterno y justo, en el que sea posible el amor y la paz. Somos llamados a la “Nueva Evangelización” –que tiene por núcleo la noticia de que “Dios te ama, Cristo ha venido por ti”– y la construcción de la “Civilización del amor”.

Cristo es verdaderamente el Emmanuel, el Dios que se acerca a nosotros, que se nos comunica, que se une a nosotros. La fiesta del Bautismo del Señor debe hacernos reconocer nuestra dignidad de bautizados. En el bautismo radica nuestra identidad mas profunda y nuestra dignidad mas alta. En el bautismo hemos recibido la vida misma de Dios y la capacidad de vivir en intimidad con el Padre, con Cristo, en el Espíritu Santo. Dejemos que la gracia del bautismo fructifique en nosotros para la vida eterna.

 

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La Epifanía del Señor

La Epifania Del SenorEL REY SOLITARIO

En una parroquia de la región central de Estados Unidos donde tuve el privilegio de servir como director de liturgia y música, emprendimos la tarea de recaudar fondos para comprar figuras de la natividad para un nuevo pesebre de Navidad. Debido al gran tamaño de la iglesia necesitabamos figuras grandes. Era un proyecto costoso. El primer año pudimos comprar las figuras de María y José, el niño Jesús, un pastor, dos ovejas y una vaca. El segundo año sumamos algunos ciudadanos de Belén, otro par de ovejas y el ángel. El tercer año pudimos comprar un burro y uno de los tres reyes. Cuando llegó la Epifanía, ubicamos ese rey en el pesebre. Recuerdo cuán ridículo parecía todo cuando la congregación cantó el himno inaugural: “Somos tres reyes de Oriente”.

El rey parecía bastante solitario. Después de celebrar todas las misas de ese domingo, habíamos reunido suficiente dinero como para comprar los otros dos reyes. La necesidad fue evidente y las personas respondieron.

CONTINÚA LA EPIFANÍA

Hoy celebramos que Cristo se manifestó al mundo entero. Su manifestación no fue algo que se interrumpió una vez que los tres magos dejaron sus regalos y regresaron a su tierra. Esa manifestación continúa hasta hoy. Como pueblo bautizado se nos confía la responsabilidad de continuar la Epifanía que celebramos hoy. El primer paso es parecido a la experiencia que sucedió en la historia del rey solitario. Primero debemos notar las necesidades. Debemos abrir los ojos y notar las situaciones y actitudes en nuestras relaciones y familias que necesitan la luz de Cristo. Debemos abrir los ojos para ver las necesidades reales de los pobres en nuestras comunidades y en el mundo. Sólo luego de notar la necesidad podemos responder con nuevas epifanías, nuevas formas de llevar la Buena Nueva a los corazones de los que más lo necesitan.

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